Parecía que el momento de Petro había llegado por fin. Al llegar a la primera vuelta de las elecciones presidenciales del mes pasado, estaba muy por delante del candidato del establishment, Federico Gutiérrez, una réplica de Iván Duque, el presidente saliente, pero el segundo clasificado fue Hernández, cuyas habilidades en las redes sociales lo convierten en una verdadera amenaza para Petro.

Hernández es un rico empresario de 77 años cuyo parecido con Donald Trump es más que evidente. Alardea de su ignorancia con orgullo, sus discursos consisten sobre todo en eslóganes e insultos, y casi nunca habla de políticas reales. Pero promete echar a los políticos corruptos.

"Casi todos son ladrones, sinvergüenzas, delincuentes", afirma, y tiene razón a medias. De hecho, puede que él mismo lo sea: se enfrenta a una investigación por corrupción de su época como alcalde de la ciudad de Bucaramanga. Pero se trata de la estrategia populista habitual: atacar a los ladrones de poca monta mientras sirve y protege a los ricos y poderosos.

No es un fenómeno nuevo

Hernández no es un fenómeno nuevo en América Latina: El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, lleva años haciendo un acto de homenaje a Trump. Y aunque logre desviar la "marea rosa" de su paso por Colombia, ésta seguirá cubriendo la mayor parte de la región a finales de este año.

Se llama "rosa" para distinguirla de la "marea roja" de los comunistas y otros militantes de la izquierda dura que hicieron grandes incursiones en la política latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX.

En la mayoría de los países latinoamericanos, estos movimientos revolucionarios fueron sofocados por golpes militares respaldados por Estados Unidos. En unos pocos países -Cuba, Nicaragua, Venezuela- perviven como dictaduras estancadas y empobrecidas. Pero con el fin de la Guerra Fría la pasión se fue apagando en la política, y los extremistas se desvanecieron en ambos bandos.

Lo que queda es una "marea rosa" de socialdemócratas no violentos, que compiten en las elecciones democráticas con los partidos conservadores que defienden los intereses de los establecimientos locales. No hay nada único en América Latina en esto, ni en el hecho de que los conservadores recurran cada vez más a estrategias populistas.

Explicar la marea

La diferencia es que los países latinoamericanos son mucho más desiguales que los de otras partes de Occidente (excepto Estados Unidos), lo que probablemente explica por qué hay una "marea rosa" de gobiernos socialdemócratas que llegan al poder en América Central y del Sur.

Esa marea empezó a correr a principios de siglo, con las elecciones de Ricardo Lagos en Chile (2000), Luiz Inácio "Lula" da Silva en Brasil (2003) y Néstor Kirchner en Argentina (2003). Sus éxitos más recientes han sido Luis Arce en Bolivia (2020), Pedro Castillo en Perú (2021) y Xiomara Castro en Honduras (2022).

Por no hablar de la elección del primer presidente socialista de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018, y el probable regreso al poder de Lula da Silva en las elecciones brasileñas del próximo noviembre. Sólo estos dos países suman más de la mitad de la población de América Latina.

Colombia, con 50 millones de habitantes, es el tercero en importancia, y también podría teñirse de rosa este mes. En la primera vuelta, Gustavo Petro obtuvo el 40% de los votos y Rodolfo Hernández sólo el 29%. Es probable que el populista de derechas recoja más votos de los candidatos eliminados en la primera vuelta que Petro, pero se dirige a un final de fotografía.

Cambio importante

En cualquier caso, Colombia se encamina a un cambio importante. Si Hernández gana, propone declarar el estado de excepción durante 90 días y suspender todas las funciones judiciales y administrativas "para hacer frente a la corrupción", es decir, gobernará por decreto y podrá elegir a quién arrestar. Podría acabar siendo una dictadura populista.

A diferencia de Hernández, Petro es un conocido, activo en la política durante los últimos treinta años. No es realmente radical, pero sería el primer presidente de la izquierda en Colombia, por lo que para algunos colombianos sus políticas parecerían extremas: cosas como ampliar los programas sociales, acabar con la exploración de petróleo y gas, e invertir en agricultura.

Para pagar todo eso, planea aumentar los impuestos a las 4.000 personas más ricas del país y a la industria minera. Se enemistará con algunos poderosos, y el jefe del ejército colombiano ya ha expresado su preocupación.

Colombia tiene una larga e ininterrumpida tradición de gobierno "conservador", y una historia casi igual de larga de guerras civiles de bajo nivel. El cambio allí es especialmente arriesgado, y lo que ofrece la derecha esta vez puede ser incluso más desestabilizador que lo que ofrece la izquierda.

Pero en general, la marea rosa sigue subiendo.